martes, 3 de junio de 2008
Peces
perder el ancla.
Proclamar esta deriva
en el silencioso horizonte.
Que sean los mares sustento:
Plata y negro en el vidrio de sus ojos.
Torsos curvos, bocas espumeantes,
tajadas de vida en los desnudos costados.
Y volver del pairo
con favorables vientos.
Volver a puerto,
allí donde las manos
reciben estas escondidas espinas,
donde las manos arrebatan
los colores del abismo.
lunes, 2 de junio de 2008
EL ASESINO PIDE SILENCIO
se desbarata la noche:
cuando cabalga la inocencia
hasta los duelos,
cuando un lamento se viste de ralámpagos
y calla su presencia.
Ese justo momento delira.
Quiera otra luna florecer
lápidas y no promesas...
quiera otra estrella
volver la vista,
ser,
así,
asesina de momentos.
Hace ya 40 mayos...
convoca las armas,
las calles,
aquel sueño
que se empapó de mayo.
Rueda tus ruecas,
provoca el amarillo hilo de la cólera,
el blanco cordel de la impaciencia.
Haz tu juego:
no permitas escape alguno.
Y de las manos primeras
haz un calco de nubes,
un cuenco que pueda amar,
un instante que,
al fin,
se postre ante mi,
que me acaricie el cabello...
que me libre
del sol de hoy.
Siempre
Negarla es abrazarse a ella.
Cada rincón,
cada silencio,
me la estrellan en el rostro.
También la he heredado.
Tiene sabor a lotos,
a hirviente cacofonía,
a deforme sensatez.
Al tacto recuerda
la salvación de las almas,
el recurso de la locura,
la inadmitida belleza.
Absurdas huellas
ha dejado en mi vientre,
ha calcinado mi costado.
¡Soy una palabra que niega esa palabra!
y...
eso la acerca más...
Ya lo he dicho:
"negarla es..." dormir en su lecho,
recostarse en sus muslos...
en sus rincones,
en sus silencios.
Herencia
Corroído blasón.
Calco imperfecto de imperfectos rostros,
de torcidas lenguas,
de torpes pasos.
Herederos de la quinta y
doceava letra de un
robado, agonizante
alfabeto.
Deudores de audacias,
engaños,
infamias,
imprecaciones...
cada una con sus labios,
su mantra, discurso,
dios, demonio,
todo, nada.
Peso muerto sobre nuestras epaldas que,
fracturadas,
esperan que la memoria sea pobre,
que se borre,
para pasar la estafeta.
Viaje al vientre del viaje
mañana saltaste quimeras
andén tras andén
viviendo incólume
ánima cuerpo de mujer.
Rodeando subiendo cristal taciturno
cual roca de miel
inmenso vagón de cenizas
cargado en tu piel.
Quimeras saltaste mañana
viajando al vientre del viaje
diciendo
no sé.
domingo, 1 de junio de 2008
Sabrán los días de otros soles
La vi pasar pegada al cerco que hace poco pusieron para separar el cementerio de la carretera, para separar a los vivos de los muertos. Se detuvo para quién sabe qué. Su perraje se enredó en el alambre de púas pero ella nada hizo para liberarlo... sólo pude imaginar una lágrima o una sonrisa recorriendo, iluminando su rostro. Preferiría la sonrisa. Su espalda no me decía gran cosa.
Pensativa, quizás, nada más, así estaba.
De pronto se agachó y cruzó el alambrado. Sus pasos, primero inseguros y luego decididos, la adentraron en el camposanto ya cubierto de coronas y flores secas del lejano noviembre. Cualquiera, sobre todo yo, imagina cosas malas al ver que alguien se comporta así. Quise salir corriendo tras ella y decirle que todo iba a ir bien, que no necesitaba acercarse a los muertos para... ¿para qué? poco o nada sé de ella. Todo lo supongo, aunque todo lo presienta posible. Aún así, dejé de mirar por la ventana y, veloz, me acerqué a la puerta de la casa (sí, mi casa está cerca del cementerio, es una sensación rara, pero desde niño vivo así. Los vivos y los muertos son algo cotidiano para mi, las risas y los llantos... en esa parte donde hay tumbas nuevas yo jugaba cincos y fútbol cuando era patojo), desde allí pude ver mejor su silueta alejándose, adentrándose en la niebla que cubría la recién nacida mañana. Ahora soy yo quien se acerca al alambrado. Distingo su perraje enredado en las púas, con cuidado lo libero, lo acerco a mi rostro, me cubro los hombros con él. Espero que vuelva.
-Buenos días -digo al verla- ¿esto es suyo?
-Buenos días -responde- creo que sí.
En sus manos, unas flores amarillas. En su rostro una sonrisa. Le ayudo a cruzar la alambrada, le devuelvo el perraje. Lo toma y, sin decir nada, se aleja.
Cuando se disuelva la neblina habrá un nuevo sol para ella y para mi. Pero, aún con otros soles en todo lo alto, el olor de su perraje me acompañará siempre.